Las 4:00 am (de la madrugada) y
suena el despertador, terminar de cerrar la maleta, coger algo de comida y
corriendo a por el tren que se nos escapa en las narices.
Una vez en el aeropuerto
comienzan nuestras incidencias (porque un viaje que todo vaya redondo a la
primera es difícil). El problema esta vez era con los apellidos en uno de los
billetes.
Una vez solucionado nos juntamos
en la puerta de embarque Cristina, Rahul, Miqueas, Natalia y yo; ya podemos ir
hacia la avioneta que nos iba a llevar a Missoula!!!
Aunque aparentemente el nombre
del destino no resulta atractivo, ya estábamos nosotros para pasar un fin de
semana de ensueño.
Durante el vuelo ni se cómo me
quedé dormida, el caso es que ni galletita ni zumo, y para más inri me clave
algo en la frente que luego me dejó marca y dolía.
Una vez llegados a Missoula (en
el estado de Montana) nos encontramos con un oso disecado, el cual nos pareció
gigante y mientras esperábamos a algún Uber que viniese a recogernos y
llevarnos a casa del hermano de quien nos dejaba la casa y el coche, hablábamos
sobre qué podría pasarnos o que podríamos hacer.
Finalmente Missoula es tan
pequeño que nadie usa Uber X y tenemos que llegar en dos uber normales porque
pool tampoco existe.
En la casa de su hermano la
acogida fue espectacular, el padre sabía hablar un poco de Hindi (concretamente
mather chot), con lo que encandiló a Rahul, también sabía algo de español y las
niñas monísimas nos ofrecían todo lo que se encontraban antes de ir a la
carrera.
Ellos iban a correr una carrera
así que mientras ellos corrían, nosotros íbamos a comer y esperarlos para subir
a la “M” de Missoula. Finalmente ellos fueron a descansar y a la noche nos encontraríamos
antes de ir a casa de su hermana.
Jugamos a futbol, nos prestaron
unos pantalones cortos y nos fuimos a la “M”, cogimos el coche para ir, y tras
mucho buscar ni Cristina ni yo encontramos la palanca para acercar el asiento,
ahora en que se subió Miqueas la encontró a la primera, pero ya era tarde para
que condujese Cris.
La subidita es corta. En la parte
de arriba se ve la zona universitaria, el pequeño downtown, el río y todas las
montañas que rodean a esta hoya, parecida a Huesca.
No solo llegamos a la letra, sino
que la pasamos y llegamos hasta una antigua mina (no sabemos de qué), donde
Cristina y yo entramos hasta ver que al final estaba la cueva derrumbada y no
había más acceso.
Tras la expedición y mucho debate
sobre qué hacer, acabamos viendo un partido de Hurling (no tengo claro si se
escribe así), un juego entre baseball, lacrosse y futbol americano. Allí
apoyamos a los Grizzlyes.
Se nos hacía tarde y teníamos que
llegar a la casa antes de que anocheciera, y antes teníamos que comprar y
despedirnos de la familia que tan bien nos había acogido (la niña pequeña antes
de irnos a caminar nos preparó agua y snacks para la excursión).
De camino al mercado íbamos con
los niños jugando a lanzar la botella, el mejor juego para entretener a grandes
y pequeños en un paseo.
Tras la compra y la dolorosa
despedida, nuestra chofer Cris toma las riendas del volante (ahora ya sabemos
de dónde se regula el asiento).
Llegamos al valle y encontramos
la casa a la primera. Nuestras bocas no podían cerrarse del asombro de
semejante casa, parecíamos protagonistas del programa “Bienvenidos a mi casa”.
Hicimos la cena mientras Rahul ambientaba el lugar con música, ya que no podía
ponerla en el coche y el pobre estaba un tanto desilusionado.
Y lo mejor vino tras la cena,
copa y jacuzzi con amigos intentando jugar al “Never have I ever”, entre mi
poca imaginación para este tipo de juegos, y que me trababa al decirlo no
arrancábamos. Una vez como pasas decidimos ir a dormir y descansar que al día
siguiente tocaba 2º día.
Nos levantamos con todo nublado y
mojado, nuestro hike corría peligro de ser suspendido (a una mala teníamos de
todo en la casa). Pero nos la jugamos y fuimos al lago “Como” ¿Cómo?, si Como,
no How. Íbamos llenos de energías ya que nuestros desayunos fueron súper
consistentes, y la comida también estaba estupendamente preparada.
Una vez allí comenzamos a hacer
el trail que rodeaba al lago. Durante el camino nos entreteníamos posando (unos
más que otros), intentando llegar con las piedras al lago (misión que tan solo
Rahul y Miqueas podían lograr, y encima sobrados). Las chicas seguimos
intentándolo hasta que teníamos el lago en nuestros pies y lo logramos.
El sendero era sencillo, llano,
con zonas boscosas y otras fangosas, con riachuelillos cuyo paso era saltando
piedras o cruzando árboles caídos evitando que nuestros zapatos waterproof
pusieran a prueba su credibilidad.
Y llegamos a una cascada donde
como cabritillos remontamos por la orilla pedregosa y musgosa, para intentar
ver la gran caída de agua que mi mente había imaginado. Tras atravesar el
puente comimos y continuamos con el sendero ya de vuelta al coche. Esta vez lo
amenizamos lanzando piñas, dando sustos o jugando a baseball con piñas como
pelota y ramas como bates.
Tras no recuerdo cuantos
kilómetros aun teníamos ganas de más así que en Bitter Root pasamos la tarde al
son de Blues y Jazz en vivo y acompañado de cervezas artesanas (pero no más de
4 por cabeza, porque así lo dice la ley de Montana). Rahul, Cristina y Natalia
lo dieron todo en la pista de baile sonriendo y moviendo sus caderas junto con
otra mucha gente que allí se hallaban.
La cena de lo más (si es que nos
cuidamos como auténticos reyes), barbacoa de cerdo (la carne preferida de
Rahul), pollo y muchos vegetales para Cris y Natalia. Ahora era Natalia quien
había tomado el mando de la música.
Cena duchas y todo el mundo hizo
bomba de humo a su habitación. Los cuerpos estaban cansados y sabían que el
último día iba completo.
Y así fue, nos levantamos
desayunamos las sobras de las cenas, smothi de frutas, leche, cereales… como
reyes. Nuestro objetivo ahora era Corvalis. Más rápidos más lentos, todos llegamos
arriba, postureamos descansamos y comenzamos el descenso.
La excursión fue más corta aunque
parecía más dura por el pronunciado ascenso entre la estepa, parecida a la de
Los Monegros, que abarcaba la zona.
Nuestro viaje ya estaba
terminando, ahora nos quedaba recoger, descansar un poco e ir a cenar con
nuestra maravillosa familia de Missoula. Allí nos prepararon unas hamburguesas
de judías negras que te mueres, y los niños nos alegraban con sus habilidades
ocultas como chuparse la nariz, el codo y el sobaco también. Además los trucos
hipnóticos que el padre le hacía a la gallina nos asombraba, ¡se quedaba muerta
y elegía la carta roja!
Después de una agradable cena,
nos acercaron al aeropuerto, donde un finde cualquiera en un lugar recóndito, acabó siendo muy
especial.

















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