La primera vez que oír hablar de
Nueva Orleans o como aquí la llaman NOLA, fue en 4º de la ESO en clase de
música. Hablábamos del origen del jazz, blues, música cajún, de su procedencia
y por qué y cómo se creó.
De cómo las gentes del África habían
sido cruelmente traídos hasta América para dejar de ser personas humanas,
y comenzar a ser esclavos de hombres blancos. De todo lo que sufrieron,
vivieron y finalmente lucharon.
Esta historia de desigualdades
entre negros y blancos que parece tan lejana y en cambio es tan cercana, me
conmueve casi diariamente al ver lo injusta que muchas veces es la sociedad.
NOLA se convirtió para mi uno de
los lugares a los que tenía que viajar al menos una vez en la vida, y este año
tuve la gran suerte de poder hacerlo.
El viaje fue de Seattle a Houston
y de allí en coche rentado cruzamos la frontera entre Texas y Lousiana.
Llegamos a la Ket's house,
después de pensar que la carretera estaba en obras (había unos socavones del
tamaño de un caballo), que era el lugar donde íbamos a dejar descansar
nuestros cuerpos tras descubrir la ciudad.
Nada más llegar lo primero que
hicimos fue buscar un lugar para salir a bailar. Al ser la ciudad de la música
bien tendría que haber buenos lugares. Encontramos un club en cuya web
decía que había música latina, pero nos llevó a un polígono industrial donde
nada había. Nuestro segundo intento fue premiado el club que encontramos se
llamaba Dragon’s Den. Cuyo edificio tenía una estructura arquitectónica muy común
en la ciudad “Creole Townhouse” con dos pisos, balcones de hierro y paredes de
madera.
Al entrar pensábamos que nos
habían engañado ya que aparte de que la música era rap, parecíamos minions
entre gente tan grande y oscura, y nosotros tan blanquitos. Pronto descubrimos
que la sala que nosotros queríamos estaba arriba, tras cruzar y salir a un
jardín subimos unas escaleras.
Allí la fiesta aguataba hasta que
tu cuerpo pudiese, no como en el resto de América que a las 2am cierran. A la
salida lo difícil estuvo en buscar algo que comer, pero bueno NOLA también se
caracteriza por su infinidad de comida criolla. Nuestra elección fue comer
Po`Boy (de gambas y de pollo), un sándwich con lo que quieras rebozado con
kétchup mayonesa y lechuga. La cocina
criolla empezaba a enamorarnos.
A la mañana siguiente tocaba
hacer la ruta del Voodoo y ver el cementerio de Lafayette y el de St Louis, lo
bueno de estos hubiese sido ir con alguien que lo conocía y pudiese contarnos
las historias que residen en las tumbas, sino es un cementerio con tumbas
viejas y derruidas y grandes mausoleos que de noche yo no visitaría. El Garden
Disctrict nada tenía que ver con los cementerios, el barrio estaba lleno de
casonas señoriales y mansiones del estilo sureño americano Shotgun House.
Después de ver tumbas nuestro
itinerario marcaba la visita al uno de los parques más famosos de la ciudad por
su afamado zoo, el parque se llama Audubon. Para llegar recorrimos St Charles
Avenue; una gran avenida con sus grandes caserones y el bonito tranvía que
también lo recorría. Por algo era peculiar era por sus estrambólicos patos, su pequeño,
pero adorable puente con su arcoíris en el río que dividía el parque de un
campo de golf y un ser extraño que andaba colgado por los árboles.
Antes de comer faltaba visitar un
último parquee, uno dedicado a un gran trompetista de la ciudad, Louis
Armstrong Park. La peculiar arte en el río y sus divertidas y musicales
esculturas. Además, este parque alberga en él la que fue una importante plaza
para la música Jazz y Blues y las danzas.
Ahora ya sí que era hora de ir a
comer y qué mejor que probar una auténtica comida criolla cerca del famoso
templo del Jazz Preservation Hall (al cual no entramos debido a su precio y su
fila).
Por la tarde paseamos por Bourbon
Street probando las bebidas típicas de NOLA, el Hurricane y la Granade, dos
bombas cuyos “refill” salían más baratos que las copas de cualquier bar de
EEUU.
Entre trago y trago disfrutamos
de la música en vivo y un ambiente muy Mardi Grass (aunque dicho festival no comenzaba
hasta unas semanas después ya se podía apreciar algún collar colgado entre
banderas moradas, amarillas y verdes), y también probamos los Beignets.
No era hora de ir a casa
(realmente los horarios que llevamos fueron de lo más extraño, pero seguíamos
disfrutando igual de esta ciudad), así que, ¿por qué no buscar un rooftop y ver
la puesta de sol en el Misisipi? Intentamos subir a la azotea del hotel Marriot
pero nos quedamos en la planta de la piscina (era lo más alto que podíamos
llegar), así que de ahí fuimos a ver el casino que estaba cerca del coche y a
dormir.
A la mañana siguiente tocaba ver
el Wooldenberg Park a orillas del río Misisipi, lugar en el que Tom Sawyer hacía
de las suyas en los típicos barcos de Vapor y ruedas que navegan por él. La
verdad que dejó un poquito que desear ya que el rio no era nada comparado con
el Ebro y la rivera (hay un parque bastante majete que se llama Woldenber park)
era bastante sosete, con obras al otro lado debido al huracán Katrina, pero bueno he visto el Misisipi!!
Tras desayunar y ver el río
fuimos a conocer más a fondo el French Quarter y todo lo que ello conlleva,
como es el arte que rodea la Jackson Square
o como la llamaron los colonos españoles, la Plaza de las Armas.
Su imponente catedral de Saint
Louis flanqueada por el Cabildo y la Presbytere (iglesia presbiterana, ya que
la Saint Louis era católica), destaca al fondo de la plaza dando pie a la
entrada de las calles más coloniales de esta ciudad.
Cómo podíamos irnos sin visitar
más bares donde la música te hacía moverte y sobretodo, tiendas Vodoo donde
podías encontrarte de todo lo que pudieses imaginar.
Sin duda el aire que se respira
en Nueva Orleans es auténtico, y si tengo que repetir algunos de los lugares
que visité, este es de los primeros. Arte, música y mundo definen esta ciudad.




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