jueves, 22 de marzo de 2018

Christmas Trip (Part 3 Los Angeles y San Diego)


Día 7 (22 de diciembre)

Ya la noche anterior antes de salir, habíamos conocido a bastante gente en el hostel, entre ellos un vasco, que estaba haciendo la temporada de corta de marihuana, Miquel aventurero solitario dispuesto a conocer gente y transmitir felicidad y Abbas judoka también dispuesto a compartir buenos momentos.


Durante la mañana mientras preparábamos el desayuno conocimos a Miquel, quien quería ir a algún lugar lleno de turistas para ganarse un dinero extra antes de finalizar su viaje. Como nosotras íbamos al Observatorio Griffith y a él le parecía el lugar perfecto para sacarse un dinerillo nos acompañó.
De camino al coche tuvimos una pequeña sorpresa que se queda entre los que allí estábamos (pero quería deciros que algo nos pasó).


No recuerdo por qué motivo el aparcamiento era gratis así que aparcamos lo más cerca que pudimos y nos acercamos a observar LA desde arriba.



La verdad que es una ciudad que nos defraudo bastante, para tanta fama que tiene es de las más feas que hemos visitado hasta ahora, y el skyline que tiene no es ni alucinante, menos mal que esta el Paseo de la Fama y el cartel de Hollywood.



En el observatorio Andrea se hizo amiga de una señora muy peculiar (vean foto), y cuando consiguió esquivarla fuimos a dar la vuelta al observatorio buscando poder ver un telescopio, y con nuestro gozo en un pozo y tras muchas fotos, marchamos a acercarnos al cartel de Hollywood para verlo "de cerca".


El GPS no nos guiaba así que seguimos un poco de nuestra intención, ¿Y dónde llegamos? pues al mismo sitio desde donde partíamos. Ah y se me olvidaba comentar que Miquel decidió acompañarnos durante todo el día.


Como no conseguíamos encontrar el cartel fuimos a ver el paseo de las estrellas a ver a quien o quienes nos encontrábamos por allí. Pero la tarea de buscar aparcamiento no parecía fácil, así que entramos a un mercado donde había aparcamiento y preguntamos. El precio era de $10, y Miquel se ofreció a pagarlo ya que le estábamos llevando gratis. 


Entramos a comer y no sabíamos donde estaba Miquel, total que aparece y detrás del segurata y le devuelve el dinero diciéndonos que no nos preocupásemos que él nos vigilaba el coche gratis. Miquel había estado hablando con él, y es que el chico caía muy bien desprendía tanta felicidad y optimismo hacia la vida que cualquiera le regalaba una sonrisa o una buena acción.


Miquel nos invitó a probar unos postres turcos que desconocía pero que estaban reamente deliciosos (tengo que encontrar el nombre) era un hojaldre de miel y especias que buuf, de pensarlo segrego saliva y mi estómago ruge.


Tras llenar el estómago ya podíamos continuar con nuestro día, y como hacía bueno, si teníamos tiempo tomaríamos una cervecita en una terraza (el sueño de Andrea durante todo el viaje).
Del paseo que decir, me lo pasé todo el rato leyendo en alto los nombres de las estrellas y eran tan raros que a veces no me daba ni cuenta de que a quien leía era alguien a quien conocía o me sonaba de alguna película o así. Andrea y Fabi enredaban a andar más rápido para que no me diese tiempo a leer y Miquel a su vez me corregía, se reía de mi acento y si me olvidaba a alguien me hacía volver atrás.


Al llegar a Donald Trump dimos la vuelta y volvimos a encabezonarnos a ver el cartel de Hollywood de cerca (para entonces ya había encontrado un foro donde poder sacar las mejores fotos “3204 Canyon Lake Drive Hollywood, CA 90068”). Así que cuesta para arriba y cuesta para abajo encontramos el cartel, aparcamos y fuimos a fotografiarnos cuales estrellas de circo.


La noche también prometía, salíamos de fiesta y antes íbamos a beber en el jardín del hostel ya que la dueña nos dejaba estar allí e incluso llevar amigos. Mientras bebíamos nuestro circulo cada vez era más y más grande con la gente del hostel que al oír música y barullo salían a unirse a nosotras, pero pronto la dueña del hostel nos mandó callar. Así que nos fuimos a bailar a un bar de “música latina”.
Estábamos en la guest list pero aun así el aforo estaba completísimo y nos dieron problemas para entrar. Menos mal a que Fabi tenía unos amigos nuevos del hostel que estaban dentro y salieron a buscarnos con motivo de que estábamos celebrando un cumpleaños, pero tenían que venir más amigos de Seattle y no confiábamos que pudiésemos entrar tantos.


Mientras llegaban vimos que el panorama no iba mucho con Andrea y conmigo (Fabi estaba en su salsa), solo sonaba salsa y en el recorrido de la puerta al baño nos tocaron una media de 5 veces el culo a cada una, además que no podíamos respirar de la cantidad de gente que había, por lo que decidimos salir fuera a esperar y buscar un lugar mejor.


Pero no fue esa la suerte que tuvimos, Cristina (Bellevue) encontró un lugar en el que ponían música pop y latina pero comercial. Y así era durante la primera hora, después solo sonaba música de los 80 americana que no conocía ni el tato (estábamos solos en el bar y el dj ni aun así nos quería poner la música que nos gustaba), pero bueno pasamos la noche (Fabi que decidió quedarse pasó la noche de su vida, en el hostel nos contaría).

Día 8 (23 de diciembre)

Nos levantamos por la mañana y habíamos quedado con los otros Amities de Wallingford en Venice Beach. Ese día nos acompañó otro huésped del hotel, Habas (judoca parisino) que por un error en el billete se quedó en el hostel más días de los esperados. Esa mañana no sabíamos dónde estaba Miquel así que salimos sin él.


Al llegar a la playa a mí se me metió entre ceja y ceja (para eso soy maña) que quería una pelota para jugar en la arena y entrar en calor para darme un chapuzón (me deje el bañador en el coche así que al final no hubo chapuzón).


Costó encontrarnos con nuestros compatriotas de seattlelites, pero luego pasamos una buena mañana jugando con mi pelota (que nadie quería, pero luego bien que nos entretuvo), compartiendo que no nos podíamos perder (ellos hacían el viaje al revés que nosotras) y, en bici.


¿En bici? Sí, alquilamos unas bicis para pasar la tarde e ir al muelle de Santa Mónica a ver la puesta de sol.


Con las bicis no tuvimos mejor idea que pasear por “Venice Canals”, un barrio histórico de Los Ángeles, en el que las humildes y modestas casas (nótese mi ironía) estaban rodeadas de canales de aguas y pequeños barcos que en ellas flotaban.


Con las bicis no tuvimos ningún problema, excepto Fabi, aún no sabemos si es que no sabe ir en bici o que realmente la bici no funcionaba, fuera lo que fuese la pobre acabó llena de arañazos, grasa de la cadena y por un momento temimos por su vida al final de una cuesta en la que los frenos dejaron de funcionar (y aun tampoco sabemos cómo) por lo que su único modo de parar fue el derrape.


Tras ver los canales nuestras tripas rugían. La comida de chiringuito de playa, sentados en la arena, la acompañamos con la vista al horizonte (y a un señor que iba caminando siempre al mismo ritmo  entro en el agua como si no hubiese agua y salió de ella caminando como si nada hubiese pasado, y telita al fresquillo del agua y al airecillo que soplaba.  



Todo iba bien hasta que las gaviotas vieron que teníamos comida y empezaron a acercarse sembrando el caos en nuestro grupo por parte de alguna de las chicas con las que estaba.
Cambiazo de ropa y a ver la puesta de sol al muelle de Santa Mónica, los chicos de verano azul seguro que nos envidiaban, todos en fila recorríamos el paseo de la playa hasta llegar a un gimnasio en la arena (típico americano) donde los músculos muchachos entrenaban para poner a punto sus músculos.


El muelle era una gran feria llena de atracciones, y la atracción con más audiencia sin duda era, la puesta de sol. Así que tras un ooooh cuando el sol se metió y aplausos mil de los americanos que parecía que era algo antinatural que jamás habían visto, echamos a correr porque nos quedábamos sin luz y el paseo no estaba iluminado.


A mitad de camino paramos a buscar algunos suvenires, y Fabi como no a comer helados!!
Despedidas y a casa a descansar que al día siguiente tocaba coche.


Día 9 (24 de diciembre)

Ponemos rumbo a San Diego, pero durante el camino hacemos varia paradas, entre ellas en la segunda mejor cosa del viaje que fue La Joya Cave.


La primera parada la hicimos en Black Sand, esta parte de la costa está formada por unas bardenas de tierra en lo alto de una colina blanca, pero con una curiosidad, y es que descendiendo la cantera aparecen pequeñitas calas de arena negra, preciosa. Cada día me asombra más la caprichosa formación de la tierra y por lo tanto del mundo.


Allí la parada fue rápida, ya que nos costó un poco acceder puesto que nos metimos por un camino de tierra que parecía que estuviésemos en alguna atracción del Pier de Santa Mónica.


Segunda parada (y ya fue donde comimos) fue La Joya Cave, un lugar en el que los pelícanos y los leones marinos conviven juntos en un entorno costero y rocoso donde el olor a mar me recordaba al lugar donde crecí.


Mientras comíamos, mi familia estaba comenzando a cenar, todos juntitos hicimos un skype, primos por aquí tíos por allá, la abuela, la madre, la hermana, el padre, todos diciéndome lo bien que se lo pasaban…
Para comer, nuestra comida preferida que es: pasta con huevo duro.



Para hacer la digestión caminamos por el paseo, y de repeente una peste nos invadió, EL PIS DE LOS LEONES MARINOS ES REALMENTE ASQUEROSO, para todo el mundo menos para Fabi que tuvo la valentía de acercarse a ellos para conseguir la mejor foto.


Mientras Andrea y yo andábamos averiguando cuevas en una pequeña cala cercana y mojándonos los pies en esa agua tan helada.


Tras unas cuantas fotos, vuelta al coche, siguiente parada Balboa Park en San Diego. Un parque espectacular donde los haya con una estructura colonial, y mucha influencia española.


Una de las partes del parque, la más bonita para mi gusto, fue el patio de los talleres, una pequeña villa de talleres chiquitines llenos de color, luz y mucho pero mucho arte.


Tambien allí había un lago, un invernadero, anfiteatro, torre… no sabía si estaba en EEUU o una pequeña ciudad de México.


Nos sobraba tiempo y queríamos ver la puesta de son en un sitio especial, así que fuimos hasya  Pacific Beach, allí paseamos un poquito y directamente tiramos a cenar algo especial en el Downtown de San Diego, y coronar un rooftop.


Nuestra elección fue comida Thailandesa, la cual no me dejó pegar ojo durante toda la noche, y el rooftop The Nolen.




domingo, 18 de marzo de 2018

Nochevieja en Seattle


La nochevieja en España empezaba a las 15:00 de Seattle, es decir que yo estaba terminando de comer (no porque fuese la hora de comer, sino porque me levanté muy tarde y desayuné tarde, por lo que comí en horario español).
En Nochevieja normalmente cenamos la familia de mi madre y la de mi tía abuela materna con todos los tíos y descendientes pertinentes, nos juntamos una veintena más los que luego vienen a felicitar y entre copa y copa comen un poquito de turrón, normalmente de café o piña (la gran pelea de las navidades) o las trufas de mi tío Sergio.
Tenía que tomarme las uvas aunque fuese desde lejos, y es que el año pasado ya no me las pude tomar con mi familia. Así que les llamé y bueno os cuento: normalmente el mando de la televisión en nochevieja está siempre escondido por alguien (casi siempre por mi padre o mi tía que intenta evitar que mi padre lo coja), ya que según quien lo tenga dependerá el canal en el que tomar las uvas.

Este año mi padre no tenía el mando porque estaba intentando pegar el teléfono a la pared para sentirme incluida en las campanadas, por lo que mi tía también estaba relajada y no se dio cuenta de que mi primo David (aprendiz donde los haya) tenía el mando y jugó a cambiar el canal.
Mi sorpresa fue que (yo tenía las campanadas puestas en el ordenador) tras sonar los cuartos y la televisión de mi familia apagarse todos corrieron a otra televisión ya que no se encendía, así que medio comí las uvas solas, hasta que vinieron a por mí (en móvil)  y ya entre lloros y risas nos felicitamos el año nuevo en España.


A mí me seguían quedando bastantes horas hasta despedir el 2017, pero había que preparar el qué hacer.
Pepito (marido de Pepita) y sus amigos tienen un local en Wallingford, donde iban a celebrar el año nuevo y nos dejaban estar allí con ellos compartiendo el rato y música, e incluso la bebida que nosotros quisiésemos.

La nochevieja sin amigos o compañeros de borrachera no es nochevieja, así que en el local de pepita nos juntamos el sector norte de auxiliares españoles y el sector sur, además de varios amigos de la familia de Pepita incluido el grupo de Pepito.
Entre conversación, juego, baile y trago pasaba la noche, eran las 10 y si salíamos algo más tarde nos encontraríamos con todos los bares cerrados, así que adelantamos la hora de las uvas a las 10:30.
A golpe de batería toque junto con Daniela las campanadas provocando algún atraganto debido a mi velocidad entre toque y toque (sorpresa la que me llevé al ver que algo sabia de batería (o eso o iba borracha y me parecía que todo sonaba genial)).

Con las uvas haciendo la digestión llamamos al uber y como pudimos nos montamos. El viajecito fue de lo más entretenido risas, lloros, confesiones y entre una cosa y otra alguna vomitina en la parte de atrás que nos costó $40 de multa.
Como pudimos otra vez llegamos 2 de 4 al bar donde habíamos quedado con el resto (2 de 4) y os preguntareis, y ¿qué pasó con las otras? Pues, como buena nochevieja la borrachera las obligó a retirarse.

Y nada entre risas, lloros y alguna que otra pelea con el dj por no ponerme el barquito del amor terminó mi última noche de año.
Al día siguiente como buena propuesta de año nuevo salí a correr y celebrar que el año empezaba con un bonito y soleado día en Seattle.

viernes, 9 de marzo de 2018

Hermana valiente


Que duro, bonito, gratificante, difícil es ser mujer y sobre todo una mujer feminista. Una mujer feminista que lucha por sus derechos, por ser tratada igualmente. Pueden parecer cosas muy normales, pero los hombres también saben limpiar y yo se cambiar bombillas, ellos saben cocinar y yo puedo arreglar la puerta cuando chirría. Sin embargo, realizar según que acciones asociadas al otro género provocan desacertadas miradas y comentarios, por llamarlos de alguna forma, ignorantes. 

Hola soy Marta Crespo la hermana de Maria y no sé por qué, pero siempre se me han dado mejor las cosas que se relacionan con el sexo masculino que las que se relacionan con el femenino. Me encanta jugar al fútbol, la carpintería (en mi tiempo libre de pequeña hacía cabañas con todos los chicos mientras todas las chicas se quedaban a un lado mirando), me apasionaba jugar a lucha, tenis, frontón… Incluso, solía vestir con ropa que se encontraba en la zona de chicos.




Todo iba bien hasta que comencé a crecer, empecé a abrir los ojos y la mente y me topé con el machismo. Una concepción de entender el mundo, la vida laboral, el día a día en la familia... que no solo la veía reflejada en los hombres, sino también en las mujeres de mi entorno.

Hace unos años (y todavía a día de hoy) en mi casa mi abuela, mi madre, mi hermana y yo poníamos y recogíamos la mesa mientras mi abuelo y mi padre se iban al casino, a echar un café… Ninguno/a éramos conscientes ni nos parábamos a pensar lo que eso significaba, se había hecho toda la vida y estaba tan normalizado que salía instintivamente.


En el colegio me llamaban marimacho y también se llegó a normalizar, alcanzando un punto en el que hasta yo misma me definía como tal.

Jugaba en un equipo con todos chicos, compartíamos vestuario y nos divertíamos todos juntos y yo me sentía unO más. Siempre me sentí como un chico más, hasta que me di cuenta de que estaba equivocada. Poco a poco fui comprendiendo que soy una chica a la que le apasiona el deporte y no por ello soy menos femenina (de hecho de niña era lo más coqueto y presumido que había).

Crecí y me tocó dejar a mi equipo de chicos, me pasé al fútbol femenino (a partir de cierta edad ya no te dejan seguir jugando con ellos) y ahí nació otro nuevo dilema: dejé de ser “marimacho” para ser  “bollera”.
En mi entorno, bollera eran todas y cada una de las chicas que jugábamos y jugamos al fútbol. Este término no entraba en mi cabeza, como iba a ser homosexual solo por jugar a fútbol ¿Qué pasa que solo por practicar cierto deporte ya te cambia tu orientación sexual.En mi caso resultó que, no me cambió la orientación sexual si no que la encontré.

Al abrir la puerta del mundo del fútbol femenino entré en un ambiente un poco más libre y abierto, sin complejos ni tabús sociales ayudándome a conocerme un poco más. Descubrí mi auténtica sexualidad, pero también fui consciente de que se acercaba una serie de problemas: contarle la verdad a mi familia, presentarles como mi pareja a una mujer en vez de a un hombre…
Para muchos de mi familia yo era la princesita, la pequeña, pero me lancé. La primera en saberlo fue mi hermana, la cual desde el principio me apoyó en todo momento y me tendió su mano para cualquier cosa que necesitara. En ese momento me volví a dar cuenta que ser la hermana pequeña molaba y mucho (sobra decir que la mejor hermana la tengo yo). Años más tarde, tuve la necesidad de contarlo en casa y bueno costó aceptarlo, pero el momento que quiero destacar fue el contárselo a mis abuelos un poco más tarde. Ambos, contra todo pronóstico, me sorprendieron con una de sus mejores sonrisas y miles de preguntas, todo parecía ir bien.


Entonces llego mi lesión de rodilla y me toco coger la baja laboral. Todo mi entorno me pedía que dejara el fútbol, que no me iba a dar de comer. Pero nadie entendía que este maldito deporte me hizo ser mas yo que nunca. Sentía rabia de pensar que, si hubiera nacido hombre, quizás no hubiera tenido que dejar mi trabajo porque no tendría otro trabajo, porque viviría del fútbol hasta lesionada.
Es una lástima y una realidad, que mis compañeras de selección jugando en primera división estén cobrando miserias en comparación a cualquier jugador de segunda B e incluso primera regional. A parte de que ellos están mucho mas aclamados, apoyados y respetados social y económicamente.

Pero ya vale de quejas, por fin ha llegado el día. Hoy, 8 de marzo de 2018 las calles se han llenado de color morado, de personas luchando por la igualdad, porque a las mujeres se nos valore y respete, porque nos queremos vivas,  porque lucharemos por las que un día lo hicieron, por las que ya no están y no pudieron luchar, por las que vienen, porque las mujeres valemos lo mismo, porque las mujeres tenemos derecho a cobrar lo mismo por realizar el mismo trabajo, porque las mujeres no queremos ser valientes sino libres, porque las mujeres queremos que no nos enseñen a defendernos ni a normalizar los piropos, por que las mujeres somos bonitas con una talla 34 o una 48, altas o delgadas.

Las mujeres somos unas luchadoras y no dejaremos de luchar hasta que esto empiece a cambiar, hasta que los hombres no nos pregunten el motivo de la manifestación sin sentirse atacados, hasta que podamos volver a casa solas sin miedo, vestir como queramos, amar como sintamos...
Y hoy me siento orgullosa, porque viva la madre que me parió y viva la madre que pario a mi madre porque tengo la suerte de estar rodeada de las mujeres más valientes, luchadoras y bonitas del mundo. Os quiero con locura.


lunes, 12 de febrero de 2018

Christmas trip (Parte 2, de San Francisco a LA)

Día 5 (20 de diciembre)

Comienza la parte de carretera, esa que tantas confidencias nos envuelven.
Nos levantamos a primera hora, desayunamos nuestros ya tradicionales pancakes con mermelada en la terracita del hostel al sol, y tras cerrar las maletas nos dirigimos a alquilar el coche que nos va a acompañar durante todo lo que nos queda de viaje.


Lo de alquilar coches en EEUU es una lotería tu reservas algo por un precio y nunca sabes cómo acabas pagando una fortuna por él, pero bueno para que esta el dinero más que para disfrutarlo.


¿Sería un día fácil y sencillo para nosotras? Evidentemente no, cuando quisimos pagar el coche un ente negativo cayó sobre nuestras tarjetas y por arte de magia si cada una de nosotras llevábamos 3, no funcionaba ninguna. Ya nos temíamos lo peor, pero como por arte de magia (de nuevo) el señor se apiadó de nosotras nos regaló el segundo conductor y nuestras tarjetas funcionaron. Si señores, los milagros existen.


La ruta estaba un poco en el aire, una parte de la carretera 1 estaba cortada por obras y era inviable continuarla, ya que tan solo hay un acceso por esa parte. Por otro lado Santa Bárbara estaba ardiendo y nos daba miedo no poder llegar a la ciudad donde teníamos reservado una de las siguientes noches.
Según maps el corte estaba en Gorda, así que decidimos tirar hasta allí y luego dar la vuelta, ya que lo que queríamos era ver la ruta 1 de la costa, sobretodo la parte de los acantilados que era esa. Y al día siguiente retomaríamos desde Morro Bay.


El viaje en coche se nos dio la mar de bien, comiendo zanahorias, galletas y demás guarradas, acompañado de música latina (“música latina Mari” me pedía Fabi), buena gente y mejores vistas.
Las paradas las hacíamos en los puntos en los que había un hueco donde poder dejar el coche (como aquí dicen: “parquearlo”) y alguna playa, rompeolas o cantidad inmensa de pájaros.


Al principio parábamos cada 10 minutos al final cuando ya nos cansábamos simplemente comíamos, oíamos y observábamos. Porque si no el tiempo se nos echaba encima y además el aire azotaba con gran fuerza y fresco.


La primera parada iba a ser en Santa Cruz (un pequeño pueblo donde al final de la playa había un parque de atracciones), pero como no lo vimos interesante decidimos continuar. Así que la primera parada oficial fue de casualidad, Pigeont Point se llamaba y era un faro (me encantan los faros), además estaba muy accesible y la natura que lo rodeaba era preciosa, playa a un lado y al otro calas con arena blanca y paredes de roca roja.


También cruzamos varios puentes increíblemente altos y cuya sostenibilidad era dudosa para nosotras por el lugar y la sujeccion que estos parecían tener, pero si tanta gente hace la ruta lo normal es que sean seguros. (Bixby Creek Bridge).


Mientras continuábamos hacia Gorda nos hacíamos fotos, nos peleábamos por poner música, pero grande fue el descubrimiento del Carnavalintro (tengo un amarillo que, se me reparece a vos…), comíamos zanahorias (nuestro mejor y favorito snack).


Mientras todo esto pasaba dentro del coche, fuera nos adentrábamos en bosques y carreteras zigzagueantes que nos sacaban al filo del acantilado, donde parábamos para posturear y algunas veces pues mear.


Cuando empezó a oscurecer cuando quedaba poco para llegar a Gorda, nos dimos la vuelta para poder llegar a una hora moderada al airbnb que teníamos en Monterrey y si podíamos visitar un poco la zona.


Pero a lo que llegamos vimos que la ciudad no tenía nada que ver y la playa no era mejor de lo que habíamos visto antes, así que directamente fuimos al airbnb, sin duda la casa en la que mejor me lo he pasado hasta ahora.


Estaba llena de cachivaches y escondrijos en los que meter las manos y descubrir cosas. Ni que decir de la cinta de correr o corredora (peruan world) que solo funcionaba a fuerza, cuelgo video.


Además mi gran descubrimiento fue una pistola de bolas de goma con la que atormentaba a Fabi y Andrea mientras que intentaban descansar, ya que no era capaz de en tres tiros acertar a un rollo de papel, ellas eran blanco más fácil (Fabi consiguió tirarlo). También encontramos una Nintendo 64 con cartuchos de Mario, pero no estaba Mario Karts (anda que no pasábamos horas en la peña jugando a reventar los globos del otro). Tras una noche movidita con un botellón de vino en el cuerpo decidimos descansar que al día siguiente volvía  a tocar conducir.



Día 6 (21 de diciembre)


Como toda la ruta no se podía recorrer, decidimos retomarla en Morro Bay, un punto con una conexión más accesible y en la que no perdíamos tanto tiempo. Así que nada pronto por la mañana (tras descongelar el coche), desayunamos y rumbo al sur de la costa.


Tras aproximadamente dos horas conduciendo llegamos a Morro Bay con un hambre de muerte. Tras ver dos focas pelearse en el puerto, fuimos con el coche al pedrusco que hay en medio de la bahía y que la divide.


Intentamos comer fuera del coche viendo a la gente que hacía (valientemente) surf, pero las gaviotas y las ardillas nos atacaban, así que terminamos de comer dentro del coche (pero admirando tan maravillosas vistas).


Al terminar de comer uno de los chicos que hacían surf se puso delante nuestro a quitarse el neopreno (al lado nuestro, había otro coche con una mujer dentro), a lo que nuestra vecina nos dice “Oh he is so sweet” nosotras no entendíamos que pasaba pero se ve que a la mujer le gustaba mucho el muchacho, y verdad tenía que el chico mejoraba si más se podía las vistas.


Arriesgadas nosotras antes de llegar a Los Ángeles donde íbamos a hacer noche, quisimos parar en Santa Bárbara a pesar de que el incendio había hecho desalojar ciertas zonas.


De camino, pasamos por varias zonas donde sacaban petróleo, la verdad que me esperaba máquinas más grandes que esas. También encontramos varias granjas donde vendían 7 kiwis por un dólar (Fabi se nos volvió loca, que casi tenemos que parar a por ellos) y 3 aguacates por un dólar también (entonces Andrea también se planteó el parar).


Siguiendo en ruta llegamos a Santa Bárbara, una provincia enorme incendiada ya que abarca un montón de bosque, pero en la ciudad el fuego ni había llegado. Dimos vueltas con el coche por el centro y llegamos al Muelle.


A mi parecer era un pueblo muy bonito con casas coloniales españolas muy bien conservadas y coloridas, las calles llenas de palmeras y el océano en el fondo nos recordaban a películas como “Tu a Londres y yo a California”. El muelle nos dejó ver un inicio de la puesta de sol increíble, que continuamos recorriendo la Road 1 o también conocida como .De noche cruzamos Malibu (cantando la canción de Miley Cirus) y llegamos al hostel sanas y salvas.


Pronto nos daríamos cuenta que nuestro hostel nos iba a dar de las mejores sorpresas del viaje.
Al llegar a los Ángeles nos enteramos que nuestro amigo Luis estaba allí por problemas en su viaje, así que quedamos para ir a tomar unas cervezas a uno de los lugares más chulos que Los Ángeles tiene (y es que cosas así majas, los Ángeles tiene bien poco), a un roftoop con piscina caliente desde donde podías ver la noche de la ciudad (Upstairs Bar at the ACE Hotel).


PD: Los españoles en general poco escondemos nuestras necesidades de ir al baño, es decir si hay que ir a cagar pues se dice y ya está (y más cuando hay confianza) y si se desconoce el porqué del color se puede comentar. No solo eso sino que también se puede hablar de sexo. Culturalmente esto es un choque con Fabi, o cual a Andrea y a mí nos hacía gracia y a la pobre la torturábamos un poquito con ello.