Tras una noche de sábado movidita por la fiesta de Halloween,
a la mañana siguiente al sonar el despertador, tanto Andrea como yo, comenzábamos
a arrepentirnos de haber quedado para hacer hike.
A una hora de distancia comenzaba nuestra ruta, en la
estación de esquí Alpental. Los colores del otoño decoraban los árboles y los
paisajes del este de Seattle.
Al llegar enseguida pusimos marcha en un camino sin
pendiente y agradable entre el bosque. La ruta tiene un total de 7,2 millas
(12km) y no sé cuántos pies, pero vaya
que parecía moco de pavo hasta que apareció la gran pared.
Entre mi cuerpo torero, y el sol encima los mareos empezaban
a asomarse, pero enseguida en media hora ya llegábamos a la sombra y allí mi
vida volvía a cobrar sentido.
El problema 2 empezaba, y es que al dar la sombra la nieve seguía
incrustada y congelada en el suelo. No llegamos a caernos, pero los resbalones garantizaban que éramos
españolas, por los chillidos y las risas. Y es que cuando salimos de nuestra
casa somos muy escandalosos.
En dos horas llegábamos al lago, fotos, picoteo y pronto
vuelta que oíamos a la cama llamarnos desde lejos.
La vuelta más tranquila y sin gente la hicimos en 1:15. De vuelta
un animal nos llamaba así que como no lo veíamos empezamos a imitar el sonido. Nuestro
pobre amigo estaba alucinando con nosotras, yo creo que no va a querer repetir
experiencia.
Al tocar coche, la tortilla salió y en menos que cantaba un
gallo nos la habíamos comido y nos disponíamos
ir a casa. Ducha, siesta, cena y hasta mañana!.


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