viernes, 9 de marzo de 2018

Hermana valiente


Que duro, bonito, gratificante, difícil es ser mujer y sobre todo una mujer feminista. Una mujer feminista que lucha por sus derechos, por ser tratada igualmente. Pueden parecer cosas muy normales, pero los hombres también saben limpiar y yo se cambiar bombillas, ellos saben cocinar y yo puedo arreglar la puerta cuando chirría. Sin embargo, realizar según que acciones asociadas al otro género provocan desacertadas miradas y comentarios, por llamarlos de alguna forma, ignorantes. 

Hola soy Marta Crespo la hermana de Maria y no sé por qué, pero siempre se me han dado mejor las cosas que se relacionan con el sexo masculino que las que se relacionan con el femenino. Me encanta jugar al fútbol, la carpintería (en mi tiempo libre de pequeña hacía cabañas con todos los chicos mientras todas las chicas se quedaban a un lado mirando), me apasionaba jugar a lucha, tenis, frontón… Incluso, solía vestir con ropa que se encontraba en la zona de chicos.




Todo iba bien hasta que comencé a crecer, empecé a abrir los ojos y la mente y me topé con el machismo. Una concepción de entender el mundo, la vida laboral, el día a día en la familia... que no solo la veía reflejada en los hombres, sino también en las mujeres de mi entorno.

Hace unos años (y todavía a día de hoy) en mi casa mi abuela, mi madre, mi hermana y yo poníamos y recogíamos la mesa mientras mi abuelo y mi padre se iban al casino, a echar un café… Ninguno/a éramos conscientes ni nos parábamos a pensar lo que eso significaba, se había hecho toda la vida y estaba tan normalizado que salía instintivamente.


En el colegio me llamaban marimacho y también se llegó a normalizar, alcanzando un punto en el que hasta yo misma me definía como tal.

Jugaba en un equipo con todos chicos, compartíamos vestuario y nos divertíamos todos juntos y yo me sentía unO más. Siempre me sentí como un chico más, hasta que me di cuenta de que estaba equivocada. Poco a poco fui comprendiendo que soy una chica a la que le apasiona el deporte y no por ello soy menos femenina (de hecho de niña era lo más coqueto y presumido que había).

Crecí y me tocó dejar a mi equipo de chicos, me pasé al fútbol femenino (a partir de cierta edad ya no te dejan seguir jugando con ellos) y ahí nació otro nuevo dilema: dejé de ser “marimacho” para ser  “bollera”.
En mi entorno, bollera eran todas y cada una de las chicas que jugábamos y jugamos al fútbol. Este término no entraba en mi cabeza, como iba a ser homosexual solo por jugar a fútbol ¿Qué pasa que solo por practicar cierto deporte ya te cambia tu orientación sexual.En mi caso resultó que, no me cambió la orientación sexual si no que la encontré.

Al abrir la puerta del mundo del fútbol femenino entré en un ambiente un poco más libre y abierto, sin complejos ni tabús sociales ayudándome a conocerme un poco más. Descubrí mi auténtica sexualidad, pero también fui consciente de que se acercaba una serie de problemas: contarle la verdad a mi familia, presentarles como mi pareja a una mujer en vez de a un hombre…
Para muchos de mi familia yo era la princesita, la pequeña, pero me lancé. La primera en saberlo fue mi hermana, la cual desde el principio me apoyó en todo momento y me tendió su mano para cualquier cosa que necesitara. En ese momento me volví a dar cuenta que ser la hermana pequeña molaba y mucho (sobra decir que la mejor hermana la tengo yo). Años más tarde, tuve la necesidad de contarlo en casa y bueno costó aceptarlo, pero el momento que quiero destacar fue el contárselo a mis abuelos un poco más tarde. Ambos, contra todo pronóstico, me sorprendieron con una de sus mejores sonrisas y miles de preguntas, todo parecía ir bien.


Entonces llego mi lesión de rodilla y me toco coger la baja laboral. Todo mi entorno me pedía que dejara el fútbol, que no me iba a dar de comer. Pero nadie entendía que este maldito deporte me hizo ser mas yo que nunca. Sentía rabia de pensar que, si hubiera nacido hombre, quizás no hubiera tenido que dejar mi trabajo porque no tendría otro trabajo, porque viviría del fútbol hasta lesionada.
Es una lástima y una realidad, que mis compañeras de selección jugando en primera división estén cobrando miserias en comparación a cualquier jugador de segunda B e incluso primera regional. A parte de que ellos están mucho mas aclamados, apoyados y respetados social y económicamente.

Pero ya vale de quejas, por fin ha llegado el día. Hoy, 8 de marzo de 2018 las calles se han llenado de color morado, de personas luchando por la igualdad, porque a las mujeres se nos valore y respete, porque nos queremos vivas,  porque lucharemos por las que un día lo hicieron, por las que ya no están y no pudieron luchar, por las que vienen, porque las mujeres valemos lo mismo, porque las mujeres tenemos derecho a cobrar lo mismo por realizar el mismo trabajo, porque las mujeres no queremos ser valientes sino libres, porque las mujeres queremos que no nos enseñen a defendernos ni a normalizar los piropos, por que las mujeres somos bonitas con una talla 34 o una 48, altas o delgadas.

Las mujeres somos unas luchadoras y no dejaremos de luchar hasta que esto empiece a cambiar, hasta que los hombres no nos pregunten el motivo de la manifestación sin sentirse atacados, hasta que podamos volver a casa solas sin miedo, vestir como queramos, amar como sintamos...
Y hoy me siento orgullosa, porque viva la madre que me parió y viva la madre que pario a mi madre porque tengo la suerte de estar rodeada de las mujeres más valientes, luchadoras y bonitas del mundo. Os quiero con locura.


1 comentario:

  1. ¡Qué maravilla! ¡Cuánta belleza hay en esas líneas! Gracias por contribuir a hacer un mundo con más igualdad. Me he emocionado, he llorado. Y sí, soy un hombre. ¡Cuánto cuesta desaprender los estereotipos y desprendernos de la culpabilidad! De ahí la importancia de la educación. Saludos del “camarero”.

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