Que duro, bonito, gratificante,
difícil es ser mujer y sobre todo una mujer feminista. Una mujer feminista que
lucha por sus derechos, por ser tratada igualmente. Pueden parecer cosas muy
normales, pero los hombres también saben limpiar y yo se cambiar bombillas,
ellos saben cocinar y yo puedo arreglar la puerta cuando chirría. Sin embargo,
realizar según que acciones asociadas al otro género provocan desacertadas
miradas y comentarios, por llamarlos de alguna forma, ignorantes.
Todo iba bien hasta que comencé a
crecer, empecé a abrir los ojos y la mente y me topé con el machismo. Una
concepción de entender el mundo, la vida laboral, el día a día en la familia...
que no solo la veía reflejada en los hombres, sino también en las mujeres de mi
entorno.
Hace unos años (y todavía a día
de hoy) en mi casa mi abuela, mi madre, mi hermana y yo poníamos y recogíamos
la mesa mientras mi abuelo y mi padre se iban al casino, a echar un café…
Ninguno/a éramos conscientes ni nos parábamos a pensar lo que eso significaba,
se había hecho toda la vida y estaba tan normalizado que salía instintivamente.
En el colegio me llamaban
marimacho y también se llegó a normalizar, alcanzando un punto en el que hasta
yo misma me definía como tal.
Jugaba en un equipo con todos
chicos, compartíamos vestuario y nos divertíamos todos juntos y yo me sentía
unO más. Siempre me sentí como un chico más, hasta que me di cuenta de que
estaba equivocada. Poco a poco fui comprendiendo que soy una chica a la que le
apasiona el deporte y no por ello soy menos femenina (de hecho de niña era lo
más coqueto y presumido que había).
Crecí y me tocó dejar a mi
equipo de chicos, me pasé al fútbol femenino (a partir de cierta edad ya no te
dejan seguir jugando con ellos) y ahí nació otro nuevo dilema: dejé de ser “marimacho”
para ser “bollera”.
En mi entorno, bollera eran todas y cada una de las chicas
que jugábamos y jugamos al fútbol. Este término no entraba en mi cabeza, como
iba a ser homosexual solo por jugar a fútbol ¿Qué pasa que solo por practicar
cierto deporte ya te cambia tu orientación sexual.En mi caso resultó que, no me
cambió la orientación sexual si no que la encontré.
Al abrir la puerta del mundo del fútbol femenino entré en un
ambiente un poco más libre y abierto, sin complejos ni tabús sociales ayudándome
a conocerme un poco más. Descubrí mi auténtica sexualidad, pero también fui
consciente de que se acercaba una serie de problemas: contarle la verdad a mi
familia, presentarles como mi pareja a una mujer en vez de a un hombre…
Para muchos de mi familia yo era la princesita, la pequeña,
pero me lancé. La primera en saberlo fue mi hermana, la cual desde el principio
me apoyó en todo momento y me tendió su mano para cualquier cosa que
necesitara. En ese momento me volví a dar cuenta que ser la hermana pequeña
molaba y mucho (sobra decir que la mejor hermana la tengo yo). Años más tarde,
tuve la necesidad de contarlo en casa y bueno costó aceptarlo, pero el momento
que quiero destacar fue el contárselo a mis abuelos un poco más tarde. Ambos,
contra todo pronóstico, me sorprendieron con una de sus mejores sonrisas y
miles de preguntas, todo parecía ir bien.
Entonces llego mi lesión de rodilla y me toco coger la baja
laboral. Todo mi entorno me pedía que dejara el fútbol, que no me iba a dar de
comer. Pero nadie entendía que este maldito deporte me hizo ser mas yo que
nunca. Sentía rabia de pensar que, si hubiera nacido hombre, quizás no hubiera
tenido que dejar mi trabajo porque no tendría otro trabajo, porque viviría del
fútbol hasta lesionada.
Es una lástima y una realidad, que mis compañeras de
selección jugando en primera división estén cobrando miserias en comparación a
cualquier jugador de segunda B e incluso primera regional. A parte de que ellos
están mucho mas aclamados, apoyados y respetados social y económicamente.
Pero ya vale de quejas, por fin ha llegado el día. Hoy, 8 de
marzo de 2018 las calles se han llenado de color morado, de personas luchando
por la igualdad, porque a las mujeres se nos valore y respete, porque nos
queremos vivas, porque lucharemos por las que un día lo hicieron, por las
que ya no están y no pudieron luchar, por las que vienen, porque las
mujeres valemos lo mismo, porque las mujeres tenemos derecho a cobrar lo mismo
por realizar el mismo trabajo, porque las mujeres no queremos ser valientes
sino libres, porque las mujeres queremos que no nos enseñen a defendernos ni a
normalizar los piropos, por que las mujeres somos bonitas con una talla 34 o
una 48, altas o delgadas.
Las mujeres somos unas luchadoras y no dejaremos de luchar
hasta que esto empiece a cambiar, hasta que los hombres no nos pregunten el
motivo de la manifestación sin sentirse atacados, hasta que podamos volver a
casa solas sin miedo, vestir como queramos, amar como sintamos...
Y hoy me siento orgullosa, porque viva la madre que me parió
y viva la madre que pario a mi madre porque tengo la suerte de estar rodeada de
las mujeres más valientes, luchadoras y bonitas del mundo. Os quiero con
locura.




¡Qué maravilla! ¡Cuánta belleza hay en esas líneas! Gracias por contribuir a hacer un mundo con más igualdad. Me he emocionado, he llorado. Y sí, soy un hombre. ¡Cuánto cuesta desaprender los estereotipos y desprendernos de la culpabilidad! De ahí la importancia de la educación. Saludos del “camarero”.
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